martes, diciembre 07, 2010

Sobre la prosa de David Foster Wallace

Hay algo que tiene David Foster Wallace que no se enseña en la universidad. Que no tiene leads ni se preocupa por contar las fuentes, que no hace diferencia entre vivas y documentales. Hoy se me ocurrió que ese algo podría ser la resignación del suicida, pero estoy tan equivocado que no puedo ser categórico. Cuando hablamos de cosas tristes también la furia mancha los libros con violencia, o los adorna, depende. Yo tengo una amiga que es suceptible a los párrafos desgarradores. No se me olvida tampoco la insigne defensa de la literatura autobiográfica que un día nos hizo Kiko Amat. Pero es eso. Ustedes o yo sabemos cuando encontramos fragmentos de verdad entre tanto artificio. Por eso no me creo muchas cosas, y lo que hacen la mayoría de las personas me parece raro. Todo es, quizás, demasiado afectado. Eso es lo que no me gusta de la navidad, que me parece una época bonita por muchas otras razones.

Entonces estoy leyendo A supposedly fun thing I'll never do again. No es pendejada. Porque el Entrevistas breves con hombres repulsivos que tengo no se entiende nada en español. Esto, en cambio, es otra vaina. Es un recorrido sosegado, diáfano, profundamente acerbo y sobre todo hermosísimo. Entonces qué carajo es lo que hace uno en un salón de clases. Creo que le tenemos poco respeto a la narrativa y nos obsesiona el lugar común. Yo tiemblo, por ejemplo, cada vez que alguien dice que el periodismo es para la gente, aunque sea verdad. Es la formulita la que nos lleva a hacer cosas extrañas. Es también muy difícil cuando todo está tan en la mierda: vamos a los hospitalitos y vemos el sufrimiento, o contamos huecos en las calles o queremos ser valientes y acercarnos a las cárceles, no sé.

David Foster Wallace habla de tenis, de literatura, de cruceros y de una feria antropológicamente suculenta. Te vuelve añicos, ¿eh? Y te ríes en el ínterin. Te conmueve de formas que una foto dantesca en primera plana no es capaz. Uno sabe que hay muchos engranajes funcionando en todas partes, pero tú tienes que saber de qué lado estás. O tienes que aprender a adivinarlos entre la confusión, porque en el gremio de los mercenarios regalan galletas.

Entonces, hombre, descubrimos otra vez que leer es nuestro último refugio. Que allí, solos, de pronto todo está bien. Que no te da ratón moral, ni tienes que cerrar los ojos para hacerlo. Que puedes estar cómodo. Es algo tan sencillo porque nunca vas a ser tan fiel. No importa que claudiques, porque ese vas a ser tú. David Foster Wallace cedió quizás. O se enfermó, o se apagó o se deflagró el muy gallardo. Tendríamos que pensar que eso no importa y leer una página más. Y qué importa que llueva.

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